Notas viajeras (parte uno)
Las cosas que se aprenden a temprana edad, son las que definen gran parte del carácter y preferencias de cada individuo; en mi particular caso, una de esas “cosas” fue el gusto por la música. Fiel y abnegada compañera desde que puedo acordarme, siempre jugando un importantísimo rol en cada etapa de mi vida.
Afortunadamente mi vocación se cultivó en un ambiente donde todo tipo de expresión musical no sólo era aceptada, sino que resultaba INDISPENSABLE en cada día de trabajo o esparcimiento. Con mis padres aprendí a ver esta actividad artística como parte de la vida diaria.
Mi padre estudió ópera, tenía una técnica tremenda. Recuerdo que todos los días (a indecentes horas de la mañana), religiosamente vocalizaba. En ese entonces me parecía una verdadera desconsideración para los que queríamos seguir durmiendo, ahora veo lo privilegiado que fui al recibir tales ejemplos de compromiso, disciplina y convicción a tan temprana edad. Bases que hasta hoy me siguen definiendo (aunque ahora todo con medida, claro).
También por esos tiempos, aprendí a respetar y admirar el lenguaje musical de muchas regiones de México, así como sus diversas expresiones y costumbres.
Pocas cosas me llenan tanto de orgullo como la riqueza folklórica y cultural que identifica a los mexicanos en todo el mundo (y a la cual se habrá de apelar tarde o temprano).
Ahora bien, de la mano de mis padres y su carrera, también estuve bajo un tremendo bombardeo de formas de pensar distintas a las de México, de propuestas musicales y culturales alternas.
El estar siempre en movimiento por pueblos de todo el continente, inevitablemente me expuso a otros panoramas musicales. Y a mi hermano Antonio, le encantaba el rock, o sea que también contribuía -y bien- a la mezcolanza de géneros musicales que para entonces ya se formaba en mi cabeza. Por ahí a sus 16 en el ’77 ( y yo con 8) abrió –a muy adelantada edad–, mis rockanroleros ojos. (pero de esa historia les hablaré después).
El primer recuerdo musical que tengo está relacionado al mariachi y al repertorio del show de mis padres. Su mariachi en ese entonces era el San Miguel , comandado por Salvador Padilla (qepd), -este último, pieza clave en el desarrollo musical de la carrera y el espectáculo de mi padre-
El show se llamaba Espectáculo Internacional Ecuestre y lo llevaba por todo el continente. Más de 100 personas y decenas de animales (desde caballos hasta búfalos), formaban parte de la función, (de cuyo concepto e idea original hablaré en otra ocasión).
Aunque era un verdadero circo, el alma del Espectáculo Internacional Ecuestre siempre fue la música. Música ranchera, música alegre, música romántica, música triste, nostálgica; notas que vibraban de una manera muy especial en los oídos de aquellos que se encontraban lejos de su tierra. solo que de niño -como yo en ese entonces-, más que analizar las reacciones eufóricas o los desgarradores sentimientos nostálgicos, lo único importante era divertirse. Y para mi, la música resultaba muy divertida!. Recuerdo que siempre era un constante reto personal el aprenderme de memoria todos los arreglos, de todos los instrumentos, de todas las canciones… ¡de todo el show !
Éste consistía básicamente de Antonio Aguilar y su familia a caballo; así como de muchas estampas mexicanas: desde ballet folklórico hasta escaramuza charra; desde cómicos y floreadores hasta jineteo de toros y yeguas brutas. Todo lo anterior siempre enmarcado con violines, trompetas, vihuela y guitarras del mariachi San Miguel. Al jineteo , lo “musicalizaban” con sones jalicienses. Ahí fue donde por primera vez escuché canciones como: “El maracumbé”, “El cuatro”, “Fiesta en Jalisco”, “El perico loro“, “Mariquita se llamaba”, “Las alazanas”, “El toro viejo”, “Camino real de Colima”, “El palmero”, “El tirador”, “La madrugada”, “La negra”, “El carretero“, “Los arrieros”, “El gavilancillo”, “Los aguacates”, “El ausente” y muchas más.
Mi hermano y yo normalmente cantábamos piezas del repertorio de mi padre, ya que nunca quiso que grabáramos material propio, argumentando que lo haríamos hasta que la voz nos hubiese cambiado; aunque después de que nos cambió, tampoco nos grabó ! (pero de esto, también les contaré en futuros posts). Total, solo cantábamos sus canciones.
Toño interpretó muchas durante los años que participó en el espectáculo ecuestre de la familia Aguilar. Algunas de las que le recuerdo son: “Mi Chuyita”, “El sauce y la palma”, “El siete mares”, “Caballo de patas blancas”, “Sin sangre en las venas”, o “Domingo Corrales”.
Por otro lado -y siguiendo con las responsabilidades de familia-, un ejemplo de las melodias que su servidor magistralmente interpretaba en ese entonces (aunque a veces con pequeñas fallas técnicas como: caídas del caballo o caída de dientes– eran también piezas clásicas como: “El ausente”, “Tocando puertas”, “El perro negro”, “Mi Lupita” y “El muchacho alegre”
Flor Silvestre (mi madre) hacia su parte del espectáculo montada en educados caballos.
“Cielo rojo” , “Renunciación”, “El mar y la esperanza”, “Cariño santo”, “Échame a mí la culpa”, “Mi destino fué quererte”, “Cruz de olvido”, “El tiempo que te quede libre” etc. son canciones que, interpretadas por ella, quedaron para siempre grabadas en mi memoria, y estoy seguro que también en la de muchos.
…fin de Parte 1.
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