Un Homenaje A Javier Solís

javier solis sombras

Romántico y con mariachi: El Rey del Bolero Ranchero

  Fue contemporáneo de Pedro Infante, a quien podía imitar acertadamente, pero tenía su propio estilo. Era él, él mismo. Javier Solís y punto. Voz sedosa pero grave, viril, de innato señorío pero melodiosa. Un “natural” que trascendió en el tiempo y el espacio, dándose a conocer mucho más allá de las fronteras de México, proyectándose a partir de una época en que también emergen, con su misma estatura artística, los nombres de Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía, Antonio Aguilar y el compositor Agustín Lara. Su vida parece un largometraje. La base perfecta para una súper producción hollywoodense. Antes de alcanzar el estrellato en la música, Javier Solís desempeñó una serie de oficios. Fue boxeador, carnicero, panadero y cargador de cualquier cosa en el mercado. Además, lavó vehículos y fue un explícito fanático del fútbol soccer y del béisbol. Sin embargo, su más grande y extraordinario logro, capítulo en que se inscribe como uno de los mejores protagonistas de la historia músical latina fue haber conquistado sin pedirlo el título de Rey del Bolero Ranchero. Fue una merecida denominación otorgada por el pueblo. Su otra identidad. Su sello personal y distintivo. Una especie de diploma de honor en su caso siempre asociado con el mariachi. En la práctica, eso de “Rey” fue una consecuencia del progresivo dictamen de la gente. Lo admiraban. Lo querían. Pero lo preferían cantando con mariachi, lo cual se prueba factual y estadísticamente con lo que pasó en 1959, año en que graba en Nueva York un disco de valses acompañado de una sinfónica. Así lo refiere su biografía oficial: “El álbum, titulado ‘Javier Solís Con Banda,’ uno de los primeros trabajos de grabación multipista llevados a cabo por artistas latinoamericanos… tuvo poca aceptación en México. Curiosamente, en 1963 (cuatro años después de la grabación original) la disquera toma la pista de voz y sustituye el acompañamiento de banda con el del Mariachi Nacional de Arcadio Elías.” Y así, gracias a la sonoridad característica de esta agrupación folklórica mexicana, la reconstrucción técnica de dicho repertorio se transforma en un éxito de ventas muy superior. Su público lo conocía de esa manera. En ese formato. Eso era lo que esperaban de él. Esta relación de su propuesta en que se conjuntaba su voz inconfundible con la armoniosa compañía del mariachi era el más sólido sustento de un arte tan versátil que pudo transitar fluidamene de la ranchera más tradicional hasta el bolero más romántico, en el cual ya había incursionado Pedro Infante cuando grabó “Cien Años,” recreando Javier Solís a su manera, y desde su propia perspectiva y capacidad, un género que hasta entonces parecía ser patrimonio exclusivo de los trios, primero de los tríos puertorriqueños y más tarde de tríos mexicanos como Los Panchos. En esa forma se produce la evolución de un Javier Solís que comienza cantando en modestos restaurantes y de ahí pasa a la Plaza Garibaldi, en el corazón de la Ciudad de México, verdadero templo callejero de la atávica serenata espontánea que se teje y entrelaza primariamente con la ranchera y por supuesto con el corazón en la mano de todo enamorado. Es él, en ese momento, quien encarna lo que adquiere un nombre que parece la inevitable prolongación de su propio nombre artístico: el bolero ranchero, que en su esencia es bolero pero “se tiene” que interpretar con mariachi para que también tenga la personalidad y el character de lo ranchero. Aún hoy, a 45 años de su partida sin retorno, hay expertos musicólogos que lo asocian con esa dualidad tan suya y tan elegante. En esa dimensión fue un referente, un fiel representante de su tiempo, un auténtico constructor de sí mismo cuya herencia se mantiene tan intacta como el mejor de los edificios. Por eso hay que reconocer en Javier Solís a una de las pocas figuras de la música que han tenido la oportunidad de conjugar en primera persona eso que ahora en cualquier parte del mundo llaman “un sueño convertido en realidad.” Quizás él ni siquiera se lo propuso. Se sabía aficionado a la música. Le decían que cantaba “bonito.” Tenía pleno conocimiento de su potencial artístico. Pero no fue él mismo, sino sus amigos más próximos quienes lo condujeron a través de las sutiles y a veces ásperas avenidas que llegan a las oficinas de las compañías disqueras, los estudios de grabación, las tiendas de discos y el club nocturno o el teatro, y más adelante se extienden hasta los sets cinematográficos y la pantalla grande. Nace el 1ero. de septiembre de 1931 en Tacubaya, en la Ciudad de México. Lo bautizan como Gabriel Siria Levario, su real nombre civil. Lo crían unos tíos. Abandona prematuramente la escuela, donde ya cantaba en cualquier acto, y su primer oficio consiste en recoger y vender vidrios y huesos. “Debuta,” como aficionado, cantando tangos en las carpas y adopta el nombre artístico de Javier Luquín. Es el dueño de la carnicería donde trabaja que lo pone en manos de un profesor de vocalización. En 1948 comienza su carrera formal como solista cantando música ranchera al aire libre acompañado de mariachis en la concurrida Plaza Garibaldi, donde, posteriormente, es admitido en El Tenampa y luego en el Guadalajara de Noche. Vive de las propinas. En 1950 hace sus primeras grabaciones: “Punto Negro,” “Tómate Una Copa” y “Virgen De Barro” y, recién seis años más tarde, en enero de 1956, firma su primer contrato discográfico. Para entonces ya se había cambiado el apellido de Luquín por Solís y usaba por fin el nombre con que haría historia: Javier Solís. javier.solis.vida.bohemioSu discografía incluye un total de 25 títulos. El primer lanzamiento en acetato corresponde al sencillo “Por Qué Negar/Qué Te Importa”. El éxito y con él la idolatría provienen de sus grabaciones con mariachi, entre ellos el Perla de Occidente. Un reflejo de su imagen queda retratada en el nombre de su álbum póstumo: “Vida De Bohemio,” que apareció en 1966 poco después de su muerte cuya causa es casi tan legendaria como su vida. En el impresionante balance de sus grandes discos perduran los títulos originales de “Añoranzas: Boleros Inolvidables,” “Llorarás, Llorarás,” “Lara, Greever, Baena,” “Fantasía Española,” “Prisionero Del Mar,” “Sombras,” donde se incluye la canción homónima que sigue tocándose en radio como si se tratara de un estreno; y “Payaso,” otro de sus hits más recurrentes. En esta discografía se destaca, asimismo, la presencia autoral de compositores tan enormes como Agustín Lara, María Greever, Rafael Hernández ‘El Jibarito’ y Pedro Flores. Por demanda popular, su participación en películas fue el resultado lógico de su éxito musical. La gente no sólo quería escucharlo; también exigían verlo. Y así, entre 1960 y 1966 logró un récord muy difícil de homologar apareciendo en más de veinte películas, diez de ellas en un solo año. Esto último se concreta en 1964 con el estreno de los largometrajes “Campeón del barrio,” “Diablos en el cielo,” “El picador,” “Los hermanos muerte,” “Rateros último modelo,” “Los Tres Calaveras,” “Aventura en el centro de la Tierra,” “Un callejón sin salida,” “Escuela para solteros” y “Los cuatro Juanes.” Genio y figura. Sobredotado talento e imaginativo luchador. Un consentido de las multitudes. Vida breve: apenas 34 años, igual que los muchos héroes de la mitología clásica. Su aporte sigue siendo uno de los pilares de la música mexicana convertida en producto de identificación nacional y pulida joya de exportación. En su voz la ranchera y el bolero ranchero –con mariachi, como debe ser– encuentran una proyección tan potente que parten de su tiempo, sobreviven los años 1900 y siguen tan vivos en el siglo 21 que parecen vestirse no sólo de presente sino también del más luminoso de los futuros. ^Staff Pp